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Hay historias que permanecen muy dentro de cada uno. Eso es lo que le ocurrió a Alberto Fernández Pato con La última frontera. Porque siempre hay una frontera pendiente de traspasar hacia la que el destino va guiando nuestros pasos a través de espejismos. Como siempre, le pedimos que nos contara algo más de tan adictiva novela, y esto es lo que ha decidido contarte:

“Escribir La última frontera fue una experiencia muy gratificante. He escrito más novelas y he disfrutado con ellas, pero nunca tanto como con ésta. Mi nivel de implicación con la trama ha sido grande y he disfrutado paso a paso los rincones visitados por su actor principal. Para ello han sido imprescindibles tres factores: el primero, mi fuerte deseo de recuperar las calles de Baeza que pisé por primera vez cuando tenía 21 años; el segundo, la música de Felipe Campuzano quien, a golpe de piano, hacía trotar en mi cabeza a los caballos del antiguo Depósito de Sementales de Baeza, o ir al paso, o mostrar la noche andaluza y el olor de sus almazaras, o respirar la brisa de Sierra Magina; el tercero, la fotografía de una hermosa y desconocida mujer morena que actuó de musa para confeccionar el personaje femenino, y cuya ventana tenía abierta en la pantalla de mi ordenador para que se meciera en el piano de Campuzano y recorriera de mi mano las calles de Baeza. Con esos tres pilares era imposible que La última frontera no fuese una novela en la que palpitara avariciosamente mi corazón.

Siempre hay una frontera pendiente de traspasar hacia la que el destino va guiando nuestros pasos a través de espejismos.Parte de mi servicio militar lo realicé en el Depósito de Sementales, donde se inicia la trama, y puedo asegurar que sentado ante el teclado de mi ordenador volví a vivir el calor húmedo de las cuadras y me calcé las botas de taco para seguir tecleando detrás de la mujer de ficción que las musas me regalaron. Pero, claro, trabajé haciendo trampa y dejando poco espacio a la invención: solo tenía que tirar de recuerdo, de sentimientos, dejarme arrastrar hasta el año 1978, que es donde se desarrolla parte de la trama, y dejar que tecleara mi corazón.

La última frontera, en un principio, iba a ser más corta, pero cuando el sentimiento, que es la maquinaria que nos mueve a los escritores, puja por manifestarse, uno lo deja brotar, que se haga palabra, fantasía. Así fue como prolongué el argumento que se desarrolla en Madrid, pero siempre con el referente de la ciudad andaluza que da soporte al progreso de la acción.

Los personajes están seleccionados de lo mejor de aquellos tiempos de mili: Chupa Chups, El Asfixiao, No me Llores. Y cruzando una de las fronteras, en esta parte de la realidad, Amalinda, Ignacio, Tina. Gran parte de ellos existen en la realidad, algunos incluso con el nombre asignado en la novela. Con todos he tomado café virtualmente mientras escribía, y así podía recuperar sus voces, los gestos, la expresión de su mirada. ¿Y Lola, el personaje central femenino? Juro que vivía enamorado de esa criatura que estuvo durante meses asomada a la ventana de mi ordenador, que rastreé cada poro de su cara para no perderme ningún detalle de esa realidad literaria que, junto con los caballos del Depósito y sus dos patios de cal blanca, aventaron el deseo de escribir una gran historia.

La última frontera nos asoma a muchos balcones, pero, sobre todo, nos asoma a la lucha del ser humano contra el destino que lo marca. Y el último balcón al que nos asoma la novela que más partes de mí tiene es el balcón que cae sobre, precisamente, la última frontera”.