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“Como rama que llevaba un vendaval y quedó enclavada en alguna púa de una   alambrada, así me quedo yo en cada renglón  que escribo”, confiesa Samaria Márquez Jaramillo, autora de la novela histórica Los nietos del exilio. Una entrevista en la que la autora desnuda sus sentimientos para hablarnos de una novela escrita desde las entrañas. ¿Por qué razones? Para saberlo tendrás que seguir leyendo.

Hace unos meses, Samaria Márquez Jaramillo, una autora colombiana, sorprendió a propios y extraños con una novela ambientada en la Guerra Civil Española, Los nietos del exilio. El profundo conocimiento del tema, su manera de narrar la historia y la pasión del relato nos llamó la atención. Samaria sabía de qué escribía. Por eso hemos querido hablar con ella, para que te (nos) cuente más al respecto de la trama, de su origen, de sus recuerdos… Porque Samaria Márquez Jaramillo tiene mucho que contar:

Blog Lacre: Presente y pasado se dan la mano en Los nietos del exilio, dos historias entrelazadas, de personajes con una vida que contar. ¿Qué presencias has querido retratar en tu novela?

Samaria Márquez Jaramillo: Las cosas preexisten en los ojos de quien las mira. La llamada realidad histórica de los transterrados es la suma de una verdad personal más todo aquello que condiciona la psiquis de quien padece la singular nostalgia de ser extranjero, hasta en el lugar donde nació. Cuando empecé a conocer sobre la Guerra Civil Española, instintivamente se me llenó la mente con una zamba, interpretada por los Chalchaleros de Argentina, que dice: La casa ya es otra casa/el árbol ya no es aquel/ han marcado hasta el recuerdo/ entonces, ¿a qué volver? /Volver, ¿para qué? /¿Para sentir otra vez, /que se desboca tu ausencia, /dormida en mis venas, /gravada en mi piel? /Para que duela tu ausencia, /entonces, ¿a qué volver? / Mi puente, mi viejo puente/ ¿qué río verá correr? /La magia ya se ha perdido, / ni la tierra ya es de tierra, / entonces, ¿a qué volver?

En las barricadas quedó lo que fue el presente y lo que podría ser el futuro, antes tejidos en el alma de un pueblo que luego no tuvo a qué o para qué regresar, puesto que su transcurrir vivencial sería por unas vías no solo alteradas sino indeseables. Imaginé otra derrota: la de los proyectos de vida, y surgieron Los Nietos del exilio, con sus angustias existenciales, su mirador particular desde donde otean endémicas carencias y la inutilidad, en términos no sentimentales sino prácticos de haberse sacrificado, en España, a los intelectuales y con todo ello, la inefable presencia de un poema de Miguel Hernández: “Tristes guerras, si no es amor la empresa. Tristes, tristes armas, si no son las palabras. Tristes, tristes, tristes hombres si no mueren de amores tristes tristes, tristes”

B.L: Hay una frase que llama la atención de esta obra: “La historia es una morgue donde sólo hay cadáveres, cubiertos por la ingratitud de los sobrevivientes”. El trasfondo es la Guerra Civil. ¿Qué imagen del conflicto has querido mostrar a los lectores?

S.M.J: ¿Qué dejó la guerra civil española? ¿Quién dijo ¡gracias!? ¿Cómo fueron las verdaderas batallas? Echemos un vistazo: en el interior del ejército republicano, los estalinistas se peleaban con los trotskistas por la hegemonía que intentaban implantar en forma orbital, importándoles un carajo el fervor de los milicianos y sacrificándolos en aras de resultados que no incumbían a los españoles, mientras que del Bando Nacional -expresión que ni siquiera resultó ser española, puesto que  fue concebida y puesta en circulación por Joseph Goebbels, entonces ministro alemán de propaganda nazi y que, por lo tanto, es mejor llamarlo Bando Sublevado- quedan los recuerdos de la batalla del Ebro, el mayor horror de toda la Historia de España, cuando dos inmensos ejércitos se enfrentaron, combatieron, y dejaron regados los campos con trecientos mil cadáveres. ¿Quién ganó? Perdió la que nunca volvería a ser la patria de los que, olvidados, con sus sueños en hilachas murieron en calidad de foráneos anónimos.

Los nietos del exilio Samara Márquez Jaramillo Ediciones Lacre

B.L: Ésta es una novela de sentimientos, de personajes perfectamente moldeados y sumamente creíbles. ¿Dónde te has inspirado para darles forma de esta manera?

S.M.J: En Cali, en el año 1966, frente a mi casa vivía un español, maldiciente, que iba por la vida sonámbulo, transitando como por radar porque todo su ser seguía en la Guerra Civil española.  En tardes junto a él, sentados en el andén, envueltos en la brisa vespertina caleña, estimuladas las confidencias con vino, oí una historia de olvidos injustos y de rencor, no exenta de heroísmo romántico. Conocí, desde la memoria de mi interlocutor, a Javier Gómez Gómez, asesinado por las huestes de Franco, y de verdad el mejor periodista de habla hispana del siglo XX, que el 6 de abril de 1923 visitó en Berlín e hizo para el periódico ABC el reportaje mejor de todos los tiempos a Hitler, cuando por entonces no era más que un líder fascista desconocido. Y dijo: «Él sabe cuál es la psicología del pueblo, porque viene del pueblo y sabe cómo se debe actuar para impresionarle». Con esta premonitoria frase definía el periodista (usando el seudónimo de ‘Antonio Azpeitua’) a ese tan nefasto. También por mi vecino supe de Antonio Beltrán, innato héroe muerto en la miseria en México; y tuve cerca, en vivo y en directo, a un joven que, según pensé, indudablemente padecía Síndrome de Asperger y que tenía siempre a su lado a su hija, una niñita de madre ignorada. Después todo fue novelar y trenzar personajes, ambientes y laceraciones.

B.L: La pregunta es obvia: ¿por qué los personajes se comportan a lo largo de las páginas de la novela de una manera que sorprende al lector?

S.M.J: Porque son auténticos, porque sintieron y sangraron, no en los renglones de la novela, sino en la vida real y porque se encarna en mí la injusticia con Javier Bueno, pues yo soy periodista; abomino de la ingratitud y el desconocimiento deliberado porque he sido flagelada y siento cercana la niñez, sin infancia puesto que mi esposo es catalán y en sus primeros años sufrió la represión franquista.

B.L: Afirmas en tu biografía haber vivido, buscado, sufrido, creído, dudado y amado. Cualquiera de los personajes de tu novela podría haber dicho lo mismo que tú. ¿Qué hay de ti en ellos?

S.M.J: ¡Todo! Como rama que llevaba un vendaval y quedó enclavada en alguna púa de una alambrada, así me quedo yo en cada renglón que escribo.