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El hombre está condenado a tropezar con la misma piedra una y otra vez por mucho que vuelva a vivir lo que ya vivió en el pasado, por mucho que se le recuerde lo que fue y cómo fue. Eso es lo que ocurre con Ellos ya andan solos, la novela de Leandro Serra Pallarés. Sólo pretendía recordar los tiempos que vivió para que no cayeran en el olvido. Tiempos que, sospechosamente, le parecen casi idénticos a los que vivimos en la actualidad. Muy sospechosamente…

En Ellos ya anda solos, Leandro Serra Pallarés quiso recordar cómo era la vida de una familia en una época en la que la televisión era un artículo de lujo y, cuando se reunía en torno a la mesa, se recordaban hechos pasados, las batallas de los mas mayores… Se vivía. Y de una manera limitada, casi agónica. Le hemos pedido al autor de dicha novela que recuerde cómo eran los tiempos que relata en su obra. Lee estas líneas. Merece la pena hacerlo:

Ellos ya andan solos“Las eternas sobremesas navideñas, en las que toda la familia se reunía alrededor de unos capones asados en el horno de la panadería del barrio, unas botellas de champán sin etiqueta y el imprescindible turrón duro, que a principios de los sesenta desdentaba a mayores y pequeños, eran el marco en el que se relataban las partes inconexas de esta historia. Los niños quedábamos boquiabiertos ante las hazañas de nuestros mayores en el frente o en la retaguardia, en una época en que la TV no había irrumpido aún en la intimidad de la mayoría de las familias. Las transmisiones orales, mejoradas por el paso de los años, eran junto con las anécdotas jocosas del día a día la esencia de aquellas añoradas reuniones familiares. A veces, la chiquillería exigía la narración de tal o cual episodio recordado de año en año, y cuidado con equivocarse, pues la memoria de todos era digna de un taquígrafo.

Aquellos años, ausentes de corrección política, llenos de cigarrillos, de risas, de algún que otro bofetón, de hombres que se pluriempleaban para llegar a fin de semana, plagados de ilusiones sencillas, de comprar fiado, de que la palabra dada era ley; cuando a los doce o trece años se iba a trabajar y si querías estudiar lo hacías por la noche. Aquellos años fueron pasando y desapareciendo sus gentes de manera inexorable. Y llegó un día en el que me encontré en primera línea de la vida, y pensé que escribir todo lo que recordaba de la época dorada de mis mayores sería un buen homenaje a todos los que vivieron aquellos tiempos, y que acaso, así, no se perderían sus recuerdos.

Hay un comentario casi constante de quienes han leído el libro, ya finalizado o durante su evolución, y es que lo que relato en el periodo antes de la guerra, salvando obviamente algunas diferencias, es alarmantemente parecido a lo que estamos viviendo en la actualidad desde un punto de vista sociológico. Me preocupa, me preocupa mucho. Leí una vez que la historia es una reiteración de los errores de los hombres, que nos llevan una y otra vez a las mismas situaciones. Espero que el autor esté equivocado para que todos puedan disfrutar de este libro”.